En la oscuridad también hay un punto de partida, podemos fecundarnos desde adentro y ver la luz.

Llegué al consultorio muy asustada, ya sabía que la cosa no venía bien. Como cada año me había hecho los controles ginecológicos, y esta vez el resultado de la ecografía era muy sospechoso, mi doctora me derivó. Había tenido la mala idea de hacer una interconsulta porque el médico que había elegido no me vería sino hasta después de una semana.

Recuerdo esa tarde como una de las más feas experiencias. La doctora, antes de mirar mis estudios, me hizo una serie de cuarenta preguntas, claramente no era lo importante, igual contesté como una señorita inglesa. Después revisó los estudios y en un segundo me miró y dijo… “Esto es cáncer”.

Ay… ¿así me lo decís? Si sufriría del corazón me muero de un infarto acá mismo, pensé. Me quedé sin aire. Estaba con una amiga, menos mal que había insistido para que la doctora la dejara entrar. No quería que entrara, “que espere afuera”, dijo… no entendí la razón, pero la consulta era mía y iba a entrar con un elefante blanco si era necesario.

—Entiendo que te pongas así, te controlás siempre y claro, sorprende que de golpe tengas un BIRADS 5.
—¿Un qué?
Es cáncer, volvió a decir.

—¿Estás segura? ¿99,9?
—Sí.
—Bueno, tengo el uno por ciento a mi favor.
—No vayas esperando eso —dijo—. La punción arrojará qué tipo de cáncer es y qué grado de agresividad tiene.

En cinco minutos nefastos me estaba enterando no solo de que tenía cáncer de mama, sino que hay distintos tipos, algunos más agresivos que otros, y que tener esperanza no tenía demasiado sentido.
—Igual de esto no te vas a morir.
Ah… qué tierna, pensé. ¿Era necesaria tanta información?

Salimos. Le pregunté a mi amiga:
—¿Escuché bien? ¿Dijo cáncer?
—Sí, dijo cáncer.

Caminar empieza a ser algo diferente. Los pies apoyan en el suelo, pero la sensación es que te caés, o que estás dentro de un frasco, completamente aturdida. Nada es lo que era.

La palabra cáncer tiene una connotación muy fuerte. Mi universo había cambiado de golpe. El pronóstico parecía bueno, los controles habían tenido sentido, pero esos datos no alcanzaban. Qué angustia tan honda. ¿Era cierto? ¿Me estaba pasando a mí?

Hacía algunos años que vivía una fe intensa. Eso necesitaba en ese momento: parar los pensamientos, entregarme al Misterio, a la vida en toda su dimensión.
¿Buscaba un milagro? Eso tienta. Que todo desaparezca, que no sea cierto. Quiero seguir con mi vida como estaba.

Los días siguientes no fueron fáciles. Paralizada y temblando a la vez, poco podía escuchar con los oídos lo que me decían; solo oía los latidos de mi corazón asustado. Imposible encontrar allí un lugar de paz.

—Quedate tranquila —me decían.
¿Cómo se hace?
Si me buscás en la tranquilidad, no estoy. Si querés ayudarme, buscame en la angustia, sosteneme ahí, solo escuchame, abrazame, nada más.

Los abrazos calman y dan calor, van directo al corazón y consuelan más que tantas palabras.

Si los días no eran fáciles, las noches eran peores. Oscuras. Despertarse una y otra vez. Refugiarme en la fe, saber que hay un amor más grande que sostiene, dejarse amar mientras sucede la noche, mientras el silencio deja oír los ruidos más tenebrosos.

Llegué por fin al turno con “mi médico”. En ese momento todavía era “el médico”, pero así se siente la enfermedad: el médico pasa a ser parte de tu vida.

Fue claro y esperanzador. Primero la punción. Esperemos. No nos adelantemos.

Durante los veinticinco días posteriores a la punción pasé por todos los estados. A veces desesperación, otras valorar cada instante con una mirada distinta. La incertidumbre es más difícil que cualquier verdad.

La naturaleza es una gran sanadora.

Carcinoma ductal infiltrante. Ahora tenía nombre. Y eso era bueno.

“Yo te curo. Vos te sanás”

No son heridas de guerra. Son heridas de paz.

Había una plenitud más profunda.

La vida es un milagro a cada instante.

El final es abierto, como la vida en toda su dimensión.