Terminar los tratamientos no siempre significa “volver a la normalidad”.
El final del proceso médico marca el comienzo de otro desafío: la reintegración social. Volver al trabajo, retomar actividades, reencontrarse con los demás… todo eso puede sentirse tan complejo como el tratamiento mismo.
Durante meses o años, la vida giró en torno a estudios, médicos y controles. En ese tiempo, los vínculos se reorganizaron, las prioridades cambiaron, el cuerpo también.
Y de pronto, cuando se supone que “todo pasó”, aparece una sensación extraña: la de no saber bien dónde encajar.
Algunas personas se sienten fuera de lugar en entornos que antes les resultaban familiares.
Otras, perciben que los demás esperan que todo vuelva a ser como antes, cuando internamente nada es igual.
La enfermedad deja huellas emocionales, físicas y existenciales que no desaparecen al recibir el alta.
Reintegrarse implica reconstruir la cotidianeidad: rearmar rutinas, reconectar con el entorno y con uno mismo, redefinir tiempos, límites y deseos.
Es un proceso que requiere comprensión, paciencia y acompañamiento.
Volver no es “hacer de cuenta que nada pasó”.
