Pedir ayuda no suele ser un gesto simple, especialmente cuando se atraviesa una enfermedad. Muchas personas sienten que deberían poder solas, que pedir apoyo es una forma de debilidad o una carga para los demás. Pedir ayuda no es debilidad, es una forma de cuidado.
También aparece el deseo de proteger al entorno. No preocupar, no incomodar, no “molestar”. En ese intento, el malestar se guarda, se minimiza o se posterga, aunque el cuerpo y la mente estén pidiendo acompañamiento.
En el cáncer, pedir ayuda implica además aceptar la vulnerabilidad. Reconocer que algo cambió, que hay límites nuevos y que no todo se puede sostener como antes. Aceptar la vulnerabilidad es parte del proceso, aunque ese reconocimiento no siempre sea inmediato ni fácil.
A veces, el problema no es la falta de ayuda, sino no saber cómo pedirla o qué pedir. No siempre se necesita una solución; muchas veces alcanza con presencia, escucha o compañía.
Pedir ayuda no quita autonomía ni fortaleza. Al contrario, nadie debería atravesar una enfermedad en soledad. Es una forma de cuidado y de sostén en un proceso que no está pensado para recorrerse solo/a.
¿Te cuesta pedir ayuda?
