Durante el verano, el cuerpo atraviesa exigencias adicionales, y en personas con cáncer o en tratamiento,
esas demandas pueden sentirse con más intensidad.

El calor aumenta la pérdida de líquidos y puede profundizar el cansancio, la debilidad o el malestar general.

La hidratación cumple un rol central, no solo para evitar la deshidratación, sino también para acompañar el funcionamiento del organismo, la tolerancia a los tratamientos y el bienestar general.

El calor también puede intensificar algunos efectos del tratamiento, como la fatiga, las náuseas o las alteraciones en la piel.

Por eso, el verano suele requerir ajustes en los cuidados habituales, sin que eso signifique alarma, sino atención.

Cada persona vive esta etapa de manera distinta.

Lo importante es observar cómo responde el cuerpo, respetar los tiempos y consultar ante cambios que llamen la atención.

El verano no se atraviesa igual cuando hay una enfermedad de por medio.

Adaptar los cuidados es una forma de acompañar al cuerpo en un momento en el que necesita más sostén.