No tenés que saber de medicina para participar de las decisiones sobre tu salud. Preguntar no es molestar. Preguntar también es cuidarte.
Cuando recibís un diagnóstico de cáncer, es posible que aparezcan cientos de preguntas. Suele pasar que algunas te parezcan demasiado simples, incómodas o incluso innecesarias para preguntárselas a tu oncólogo.
¿Puedo seguir trabajando? ¿Hacer ejercicio? ¿Puedo viajar? ¿Puedo tener relaciones sexuales? ¿Puedo tomar alcohol? ¿Qué pasa si un día me olvido de tomar el medicamento? ¿Esto que estoy sintiendo es normal?
Todas son preguntas válidas. Tu consulta médica no debería limitarse a hablar del tumor, los estudios y los medicamentos. También es importante poder conversar sobre cómo el tratamiento puede afectar tu vida cotidiana, tus vínculos, tu alimentación, tu sexualidad, tu trabajo y tu bienestar emocional.
Además, preguntar permite que el equipo de salud conozca mejor lo que te está pasando. Un síntoma que para vos puede parecer menor puede ser relevante para decidir si hace falta evaluarlo, tratarlo o modificar alguna indicación.
Y si algo no entendiste, podés volver a preguntar. Si necesitás que te expliquen un término con palabras más sencillas, podés pedirlo. Si después de salir de la consulta recordaste una pregunta, podés anotarla para la próxima.
