Durante y después del tratamiento, muchas personas notan que les cuesta disfrutar de cosas que antes les resultaban placenteras. Actividades simples, encuentros, momentos de descanso o incluso buenas noticias pueden vivirse con distancia o indiferencia.

Esto no significa falta de gratitud ni desinterés por la vida. Muchas veces es el resultado de un cuerpo y una mente que estuvieron en alerta durante mucho tiempo. El sistema emocional necesita tiempo para volver a registrar placer y calma.

A veces aparece la expectativa, propia o del entorno, de que “ya debería poder disfrutar”. Cuando eso no ocurre, puede sumarse frustración o culpa, como si algo estuviera fallando.

Recuperar el disfrute no siempre es inmediato ni constante. En muchos casos vuelve de a poco, de manera intermitente y distinta a como era antes. Respetar ese ritmo también forma parte del proceso de cuidado y recuperación.