A veces, el camino no es perdonar al cuerpo, sino reconocer que, a pesar de todo, sigue siendo el lugar donde la vida sucede.
Después de un diagnóstico de cáncer, es común sentir enojo con el cuerpo.
Esa parte de uno mismo que siempre estuvo ahí, silenciosa y confiable, de repente parece haberse vuelto ajena.
“¿Por qué me falló?”, “¿cómo no me di cuenta antes?”, “¿por qué a mí?”.
El cuerpo, que antes era sostén, se convierte en sospechoso.
Ese enojo no es superficial. Tiene raíces profundas: la sensación de traición, la pérdida de confianza, el miedo a lo que puede volver a pasar.
A veces se expresa con rabia, otras con tristeza o distancia. Se evita mirarse al espejo, se esquiva hablar del tema, se vive el cuerpo como un recordatorio constante de lo que dolió.
Pero ese cuerpo también fue el que resistió, el que atravesó tratamientos, operaciones, efectos secundarios.
Fue el escenario de la lucha y la recuperación, del miedo y la esperanza.
Y aunque cueste, reconciliarse con él es parte del proceso de sanación.
El enojo no necesita ser negado: puede ser escuchado, comprendido, transformado.
Dar lugar a esa emoción sin juzgarla permite que, poco a poco, el cuerpo vuelva a sentirse propio.
No como era antes, sino como es ahora, con sus marcas, su historia y su nueva forma de habitar la vida.
