Diciembre suele estar cargado de encuentros, celebraciones, balances y la idea de cerrar el año “bien”.

Cuando hay un diagnóstico reciente o un tratamiento en curso, esa exigencia puede sentirse especialmente pesada, sobre todo si el cuerpo no responde como antes.

La presión de estar bien en Navidad y Año Nuevo no siempre se dice en voz alta, pero se siente.

Recibir un diagnóstico cerca de las fiestas suele intensificar todo. Mientras el entorno celebra, la persona atraviesa miedos, incertidumbre y un proceso interno que no siempre encuentra espacio en ese clima.

A veces se intenta sostener una normalidad que no refleja lo que realmente se está viviendo.

Atravesar diciembre en estas condiciones implica aceptar que este año puede ser distinto. Tal vez con encuentros más cortos, con menos compromisos, o incluso eligiendo no celebrar como antes.

No es falta de agradecimiento ni de voluntad: es escuchar al cuerpo y al momento vital.

No hay una forma correcta de vivir las fiestas cuando hay una enfermedad de por medio.

Cuidarse, poner límites y habilitar otras maneras de transitar este tiempo también es una forma de estar presente y de acompañarse.