Cuando hablamos de cáncer y antecedentes familiares, no alcanza con preguntar: “¿Alguien de tu familia tuvo cáncer?”

La información importante es mucho más específica: importan el tipo de cáncer, la edad al diagnóstico, cuántos familiares lo tuvieron y qué relación biológica tienen con vos.

Por ejemplo, no es lo mismo tener un abuelo que tuvo cáncer de próstata a los 85 años que tener una madre y una hermana con cáncer de mama diagnosticado antes de los 50.

Los patrones familiares pueden aportar información sobre la posibilidad de una predisposición hereditaria.

Algunas señales que pueden hacer sospechar un síndrome de predisposición hereditaria al cáncer son:

  • Varios familiares con el mismo tipo o tipos relacionados de cáncer.
  • Diagnósticos a edades inusualmente tempranas.
  • Cáncer en ambos órganos pares, como ambas mamas.
  • Una misma persona con más de un cáncer primario.
  • Determinados tumores poco frecuentes.
  • Presencia de ciertos tipos de cáncer en distintas generaciones.

Tener antecedentes familiares no significa necesariamente tener una mutación hereditaria.

La mayoría de los cánceres no se deben a una única alteración genética heredada. En muchas familias puede existir una combinación de factores genéticos, ambientales y relacionados con hábitos o exposiciones compartidas.

Por eso, cuando existe un patrón familiar llamativo, puede indicarse una evaluación de riesgo genético.

La historia familiar detallada puede ser el primer paso para decidir si corresponde asesoramiento genético y, eventualmente, un estudio molecular.

Además, la ausencia de antecedentes familiares tampoco significa riesgo cero: una persona puede desarrollar cáncer aunque nadie más de su familia lo haya tenido.

Esto ocurre, entre otras razones, porque muchas alteraciones asociadas al cáncer aparecen a lo largo de la vida y no son heredadas.

Entonces, ¿qué conviene conocer de nuestra historia familiar?

No solamente quién tuvo cáncer. También: qué tipo de cáncer tuvo, a qué edad fue diagnosticado, de qué lado de la familia, y si hubo otros familiares afectados.

Esa información puede ayudar al equipo de salud a evaluar el riesgo de manera individual.

Conocer la historia familiar no es vivir esperando un diagnóstico.

Es contar con información para tomar decisiones de salud con mayor precisión.