Ana Guerra

Desde hace un mes descubrí que las bombas explotan sin aviso. No las que hacen ruido, las que rompen casas, edificios, árboles y derrumban monumentos. Las otras. Las que te explotan adentro del cuerpo. Adentro de tu cabeza. Un día te enterás que hay una bomba en tu cuerpo. Y en tu casa. Y en tu familia. Sabés que la bomba está en tu cabeza. Y es necesario desactivarla ya. Empezás estudios, prequirúrgicos, la burocracia de la medicina y la gente que pasa a tratarte diferente. Como si estuvieras lisiada, te dejan cruzar la calle, te hablan bajito, te dicen que todo va a salir bien. Y la bomba sigue ahí. No tiene cables rojos y azules ni un manual por Youtube que diga cómo se desarma. No, sigue ahí. Y los días son largos, la espera es la compañía que te sigue a todas partes. Y ya no podés pensar en otra cosa. Por momentos te olvidás, ves el sol. La gente habla de sus cosas. La vida alrededor continúa. Pero vos estás paralizada. Inmóvil aunque te movés para lo importante. Para desactivar la bomba. Tu cabeza va a mil. La información del estudio previo es terrorífica. Siglas, letras, números, palabras. Carcinoma ductal invasor. Grado 3. Después pasa a 2 porque hacen una suma de una palabra que me recuerda a Notting Hill y entonces, alivio. Grado 2. Es chiquito. Esa porquería ahi en la teta ni se ve en la mamografia pero la doctora no dice que no es nada. No dice nada más que estadisticas, que casi siempre son alentadoras, pero que no se sabe. Y nadie sabe cómo desactivar la bomba. Porque ahora, además, está en mi cabeza. Y yo quiero que desaparezca.  Que se evapore. Que me la saquen. Y un día de repente parece que me la desactivan. Y entonces duele, y molesta, pero en teoría ya no está. En teoría. Porque ahora analizan las partes de la bombita que se desarmó. Exhaustivamente la analizan. En cien cortes. Cien. Y todo tarda. Y mi vida pasa a depender de ese resultado de cien cortes, de la bomba que mirarán con lupa y con líquidos en tubos y toda mi vida pareciera que esta ahí, en un laboratorio analizando cuánto voy a vivir. Aterra. Este es el verdadero  miedo. El que aterra. La palabra de la enfermedad. Llamarla por su nombre. Le dicen lucha. Guerra, batalla, larga enfermedad. Yo le digo cáncer. Y asusta. El cáncer de mama se cura. El cáncer de mama  mata a no se cuántas mujeres en el mundo. El cáncer de mama que tuvo mi abuela cuando se murió mi abuelo. El que tengo yo ahora. O tenía. No lo sé. Depende del estudio del tubito que está ahora en el laboratorio. Y después vendrán tratamientos y estudios y mi vida ya nunca más volverá a ser la misma. Qué se yo. A lo mejor sirva para algo. A lo mejor sea mejor. Porque esta tristeza y esta ansiedad y esta angustia no estaban buenas. A lo mejor empiezo a mirar todo desde otro color. El tubito del laboratorio deje de asustarme. El tratamiento se hará como me digan. Y voy a pasar por esto. Porque la bomba ya salió de mi cuerpo. Ahora solo queda exterminarla de mi cabeza. Y ellas están acá conmigo. A mi lado. Como estuvieron siempre.

Soy de la absurda generación que cuando jugábamos a las muñecas los hombres no existían. No existían en la casa preparada con cartones y cajas de zapatos. No estaban cuando preparábamos la comida en vajilla de plástico, chiquita. En tacitas de porcelana con flores que imitaban a las de mamá. Los hombres eran esos chicos que te gustaban en la escuela, que tenían nombre y apellido, que seguramente estaban en la plaza y que en mi juego estaban trabajando en bancos, en oficinas, en la televisión. Pero no adentro de mi caja de zapatos.

De ese modo, los hombres eran intocables, inalcanzables, fuertes y poderosos. Gobernaban el mundo. Nuestro mundo. Nosotras, las que nos quedábamos con los juegos, estábamos practicando la vida que nos iba a tocar. Casarnos y tener hijos. Con algo de suerte trabajar medio día en alguna escuela. Y criar a los niños. Y cuidar de la casa y de las mascotas y de la ropa y de la comida. Todo era nuestro y nada lo era.

Soy de esa generación que decía que las mujeres competíamos entre nosotras, que éramos jodidas, chusmas, harpías con las otras, que mirábamos y criticábamos y que nos vestíamos para las demás. Que la envidia nos carcomía por dentro, mientras armábamos la casita de cartón que serviría de refugio para ellos. Los poderosos.

Así crecí y así me crié. Y puedo asegurar que nunca en todo ese camino de generaciones arcaicas encontré mujeres así. Mis amigas fueron generosas, amorosas, cercanas. Mis amigas son las que me abrazan con las palabras y con los llamados de buena energía y las que me pasan a buscar cuando estoy triste. Cuando la vida se porta mal conmigo. Cuando estoy a un pie del precipicio. Cuando me preparan comida rica y me llevan al teatro. Cada una cumple un rol en mi vida. Y yo las amo a todas.

Y después, están las otras. Las que no tienen rostro, ni nombre, ni historias conmigo. Esas son las más generosas de todas. Las que no me conocen y aun así donan lo más preciado que tienen sin preguntar por qué ni para qué. Solamente les alcanza con saber que ahí, a no se cuántos kilómetros de sus casas, hay otra mujer que necesita de ellas. Y arman un lazo invisible de solidaridad y me traen el remedio mágico que el cura sanador me pidió que pusiera en práctica. Ese gesto. Las almas que se unen. La historia imposible de quebrar. Los gritos en silencio. Y entonces vos podés, y yo puedo. Y uno se cura con cada sonrisa, con las caricias que me dieron hoy a la distancia. La energía es el aura que todos tenemos y que en ocasiones se vuelve toda de colores, que te envuelve y te levanta. Te hace llegar tu tímido y casi ridículo pedido de un domingo a la tarde, cuando alguien te dice que para sanarte necesitás algo de leche materna. Y yo estoy en esa edad en que la menopausia está mas cerca que los embarazos y los bebés. Entonces ellas se unen, quieren hacerlo, no preguntan. Solamente entregan parte de sus vidas. Para mí son tesoros. Pequeños frasquitos de tesoros me regalaron. Quisiera abrazarlas a todas. Quisiera contarles que mi cajita de cartón dejó de ser chiquita, que tiene lugar para todas ellas. Que estoy acá, esperando alguna vez algún pedido para ayudarlas. Y sanando. Y contándole al mundo que esa generación arcaica ya no existe. Que ahora está esta, con mis amigas, con las mujeres invisibles, con mi hija a mi lado.

Y otra vez ese perfume a hierro corroído de viejo barco hundido. Ese olor salado. Esa espuma blanca y acangrejada. Rocas, como las de mis veranos de infancia. Dejar de ser una niña parece ser la consigna. Y acá estoy. En este mar, del otro lado de la orilla. Esta espuma. La arena que te quema los pies, que se limpia fácil, como harina. Las algas y algunas nubes cubriéndolo todo. Los barcos a lo lejos. Los peces serpenteando mis pies. El agua lejana. Ese mar que me alojó tantas veces. Y tantas veces me arrojó de vuelta a la vida.  Del otro lado, Africa, decía mi padre, alzándome sobre sus hombros para dejarme ver por encima del horizonte. De este, mi pequeña familia. Nosotros. Los que la peleamos. Los que quedamos para seguir disfrutando este tiempo, este lapso de vida. Este pequeño rato.

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