Belencha

Desperté atontada en una sala de recuperación, el dolor no me dejaba razonar del todo. Sabía que era yo, que esa mañana había despertado temprano, me había dado una ducha exhaustiva con el jabón desinfectante indicado por el médico. En esa época era una paciente de libro, bien portada. Las enfermeras iban y venían, pero nadie me miraba. Calculé que era mediodía. Quería pedir ayuda  pero no me salía la voz. Además sabía que mi familia esperaba afuera y quería estar con ellos. Suponía que estaban preocupados, necesitaba mostrarles que estaba viva y todo había salido bien.

Siempre fui algo ingenua, pero esa vez me pasé: Nada había salido bien.

A esa altura de la jornada lo sabían todos,  excepto yo.

Las caras eran, al menos, sospechosas. Se respiraba un aire raro en esa habitación de hospital. Supuse era de nuevo ese dolor que no dejaba a mi intuición desplegarse como siempre. Mucha gente entraba y salía, me pareció todo exagerado. “Tanto escándalo por un tumorcito en una teta”.

No eran exagerados. Yo tenía cáncer y el panorama era poco alentador.

Nunca voy a olvidar  la cara de mis padres. Ese día envejecieron cien años. Mis hermanas y sus sonrisas impostadas. Presas del miedo: su hermanita, la más chica, iba a morir.

Cáncer era muerte. Así, sin tanta vuelta ni análisis.

Aparecieron palabras como “mastectomía”, “metástasis”, “quimioterapia”, “receptores”, entre tantísimas otras.

Hoy me las conozco ida y vuelta. Ya no asustan. Bueno, un poquito sí.

Y empezó la odisea.

La vida puede cambiar de un minuto a otro.

 

 

“La pausa”, como la titulé en algún momento. Una pausa impuesta, impensada, repentina y tortuosa por momentos.

Cataratas de mensajes esperanzadores, con frases sacadas de libros de autoayuda -sin dejar por eso de ser ciertas- y toneladas de cariño recibí en esos días.

Quizás fue producto del fastidio inevitable que atravesaba, pero más de una vez percibí un cierto “morbo” del otro lado: preguntas extrañas y una avidez de información fuera de lugar. Es la naturaleza del ser humano supongo. La genuina empatía mezclada con los miedos más groseros y esa necesidad de conocer los detalles escabrosos del caso.

Me esmeré, al principio, satisfaciendo dudas y necesidades ajenas. De a poco  fui aprendiendo a contestar lo justo y necesario. O a no contestar. Maldita  -por momentos- tecnología.

Esos primeros días fueron de dolor. Sólo quería ver dibujos animados. Y lo hacía.

Los dibujitos tienen ese algo especial, esa fantasía que perdemos de grandes. Disfrutaba viendo los colores, esos cuerpos raros y voces estridentes. Animales que hablan y caminan, que caen de un quinto piso y no mueren. Y siempre hay un final feliz, al menos para los buenos.

Llegué a la consulta con el oncólogo. Encontré una sala  llena de personas, la mayoría sin pelo. Una pila de revistas viejas para entretener. Todos sentados, inmersos en una resignación que se respira sin prisa y sin pausa. Esperando. Siendo pacientes.

Me limité a manejar a duras penas la asfixia que se apoderaba de mí. “¿Qué es un oncólogo?; ¿Acaso curará lo incurable?; ¿Qué hago aquí?; Hace dos semanas salí a bailar con mis amigas, ahora estoy en este lugar. No entiendo nada…” La música del casamiento en el que había estado hacía sólo unos días aún resonaba en mi cabeza. Había bailado toda la noche, riendo sin parar, nadando en un océano de ignorancia en cuanto a mi frágil estado de salud. “Si lo hubiera sabido habría disfrutado más todavía”.

Fui sola a la primera quimio. No sabía que podía ir acompañada. Tampoco estaba segura de querer estar con alguien en ese momento. Eso de tener sometido a alguien que me quiere durante dos horas en un banquito incómodo, viendo cómo soy aturdida con malestares indescriptibles, nunca me cerró. Al resto fui acompañada, y con seguridad  le arruiné el día (probablemente también la semana) a más de uno.  Llevé mi música, me propuse estar en paz y salir de ahí con la frente en alto. Lo logré. Salvo una reacción alérgica explosiva que tuve a una de las drogas, todo estuvo bien. Al salir llamé a mi viejo para que me buscara. Llegamos a casa y después de un par de arcadas dormí durante cuatro días seguidos. Cuentan mi mamá y hermanas que se acercaban a mí para ver si seguía respirando. Recuerdo ir arrastrándome al baño una o dos veces al día. Más de una noche paseando por el limbo entre la vigilia y el sueño, explorando mundos de fantasía en los que el dolor reinaba. Y eso era todo. No fue ni cerquita a lo que yo había imaginado o a lo que alguna vez vi en las películas. O sí, pero yo no tomé conciencia, y eso fue lo más lindo. No leí ningún manual sobre qué hacer ante tal o cual síntoma, tampoco la lista de los posibles efectos colaterales. Siempre la tuve en la mesa de luz, por las dudas, metida en un cajón. Pero de ahí no salió. Decidí firmemente que transitaría las temidas “quimios” a mi manera. Menos manual y más instinto. Menos miedos y más amor. Menos de todo…pero más también. Aunque de esto último fui dándome cuenta con el pasar del tiempo.

Ojalá Juan pueda olvidar algún día haber visto a su mamá así;  a sus recién cumplidos seis años. Quizás las imágenes emigren de su cabeza y sólo quede la certeza de que en la vida se le pone el pecho a las balas, sin tanta queja, sin tanta vuelta.

Al día trece empezó a caer el pelo. Lo estaba esperando armada hasta los dientes al momento. Pañuelos, aritos, sombreros, sombreritos. Máquina de afeitar en mano, para acabar rápido con la agonía.

No fue tan traumático como me advirtieron. Resultó que tenía una nuca preciosa y mi nariz no resaltaba tanto como había predicho. Los pañuelos y sombreros quedaron en un cajón. Los aritos también. Suficiente “accesorio” era esa pelada reluciente como para colgarle adornos. A fin de cuentas, “¿por qué ocultar lo evidente? ¿Son realmente cómodos esos adminículos, o los uso para “tapar” algo que incomoda a los demás?”. Si a mí me daban calor, picazón o simplemente no tenía ganas, no les encontraba sentido alguno.

Mi enfermedad ya no era un secreto a voces. La caída del pelo me alivió. Fue un blanqueo de la situación. “Esta soy yo. Consumida, sin pelo y en tratamiento oncológico. Es sólo una etapa de mi vida, eso es todo.”

Pude comprobar la importancia que se le da a cuestiones meramente estéticas en nuestra cultura, como es el pelo. Casi cinco años después y sigo sin entenderlo. ¿Cómo era posible que yo me sintiera linda estando pelada? Pero así fue. Tengo pilas de fotos, algunas de un nivel de producción profesional impresionante (pero ese es otro capítulo, una de las tantas historias dentro de la historia), y en todas me veo linda. “Me veo”. Y sí, es que ninguna mirada valdrá más que la mía. Ni en ese entonces ni nunca. O al menos así debería ser.

Así pasaron los meses, y cual recluso tachando un calendario que parecía eterno, atravesé las dieciséis quimios, las treinta y pico sesiones de rayos y las dieciocho de la famosa “monoclonal”. En el medio pasó de todo. La mayoría de los eventos, no aptos para temerosos.

Pero no todo era espantoso.

Al no estar trabajando, pasaba mucho más tiempo con Juan, que llegaba del colegio y me encontraba en casa siempre. Recibía muchos mimos y visitas, dormía hasta cualquier hora, veía todas las series habidas y por haber. Un martes se convertía en sábado rápidamente, y no necesitábamos un cumpleaños para hacer una torta de chocolate. Y lo disfrutaba.

Uno le encuentra el sabor a las pequeñas cosas en circunstancias extremas.

Cae en la cuenta que no hace falta tanto para ser feliz, para estar de buen humor, para estar bien.

Pasamos tanto tiempo de nuestras vidas y gastamos kilos de energía pensando en lo que no tenemos, en lo que no pudimos, en lo que hicimos o dejamos de hacer.

Alcancé por momentos estados de claridad que nunca más tuve, en los que podía sentir cada inspiración como un verdadero milagro, cada abrazo de mi hijo, cada jugo de naranja que traía mi papá hasta la cama, cada abrazo con mi mamá, las dos metidas en su cama como cuando era chiquita.

Todo tenía otro sabor, además del metálico propio de las quimios. La comida fue más rica, las risas más explosivas y genuinas, las amistades más sinceras, las conversaciones más auténticas.

Me di cuenta que estaba bien no tener ganas de hacer algo, y que al cuerpo hay que escucharlo. El mío había sido desoído durante años. Demasiados años.

Tuve que hacerme amiga de este cuerpo, ahora cambiado por las cirugías, pero mío al fin. Con una sola teta también se puede tener novio, viajar, usar bikini, bailar, abrazar e incluso hacer chistes al respecto alguna vez. Una vez estaba con amigos y me agaché para buscar algo que había caído al piso. Lo hice muy de golpe y salió volando mi prótesis (“la teta de mentira”, como le decía Juan), cayendo a un metro de distancia. Pensé que me moría de la vergüenza, pero todos reímos. Ni hablar cuando Mora, mi perra, la robaba y salía corriendo. Allá partían Juan, mi papá, y quien estuviera cerca a perseguirla mientras ella se paseaba de lo más orgullosa  –prótesis asomando por su boca- por todo el jardín. La belleza es una actitud, definitivamente. Casi un estado mental.

Sólo una vez tuve conciencia real de la posibilidad de morir. Recuerdo el día, la hora, el lugar, lo que tenía puesto.  Así de fuerte fue la sensación. El resto del tiempo gobernó una plena conciencia de lucha y puras ganas de vivir. No es lanzarse a una batalla desgarrada, uno vs el cáncer. Es la decisión de ir para adelante, agregando una cuota de intrepidez y kilos de arrojo. Siempre pienso, así deben sentir los paracaidistas una vez que saltan del avión. No  sobra el tiempo, no queda otra que actuar. Sin pensar demasiado, sólo vivir a pleno ese momento e ir midiendo los tiempos para saber qué momento es oportuno para abrir el paracaídas. Les guste o no, van cayendo al vacío y morir no es una opción.

Tener más hijos no era algo que considerara pendiente en mi vida. Cuando quedé menopáusica por el tratamiento lo tomé como una más de las limitaciones que estaba afrontando. No me resultó una frustración, porque tampoco estuvo alguna vez en mis planes.  Alguna vez sentí nostalgia al respecto, pero añorar lo que no sucedió es tan efímero, que la sensación pasó de largo sin pena ni gloria. Lamentaba por sobre todas las cosas que Juan quedara sin hermanos o hermanas, pero por suerte su papá estaba en una relación y tarde o temprano la familia se agrandaría, de eso estaba segura.

Una vez finalizado el tratamiento con drogas endovenosas, llegó la etapa de la vía oral. Con sus pormenores y efectos secundarios por supuesto, pero sin impedir una vida medianamente normal. Llegó un linfedema y se instaló en mi brazo derecho. A veces fantaseo con la cura del mismo. Estoy segura se hallará en los próximos años. Duele, molesta y limita. Nada que no haya superado antes.

Cumplí los cuarenta sintiendo que todo iba quedando atrás, envuelta en una energía diferente y renovada. Alguna que otra tristeza a nivel personal me acompañó ese verano, pero siempre primando  las ganas de salir adelante, de finalmente cerrar esos últimos cuatro años de mi vida, en los que padecí tanto como crecí, y con ganas de empezar de cero. Con alegría, viendo crecer a Juan, desarrollándome como la artista que siempre soñé ser y el cáncer me dio la oportunidad de ver;  manifestando en mis pinturas la mujer en la que me convertí. Siendo yo, pero distinta, y en lo posible, mejor.

Quedaba una sola etapa a cumplir, sacar útero, trompas y ovarios.

Lo que de afuera se percibe como “una mancha más al tigre” o “una cirugía de rutina, menor”, en la intimidad se vive de otra manera. Porque estoy harta de quirófanos, de sentirme agredida, porque no quiero sentir más dolor, porque no quiero más controles médicos, porque no soporto más mutilaciones, porque es mi feminidad la que es atacada sistemáticamente.

Diez días antes de la fecha pactada para dicha cirugía, decidí adelantar mis controles oncológicos. Como contrapartida a todo ese brillo con el que me habían encontrado los cuarenta, había un agotamiento diferente al de los últimos cuatro años, en los que había estado atiborrada de tantas drogas, que ya no sabía a cuál correspondía cada efecto colateral. Mi cansancio se había hecho crónico, pero esto era distinto.

Un poco asustada, llamé a mi médico y enseguida me ordenó estudios.

Así conocí a Lucía.

Un bebé de veinte semanas crecía dentro mío. “Aquí hay un bebé enorme”, fue lo único que atinó a decir quien hacía la ecografía, y vi a la patóloga  llorar de emoción a los pies de la camilla en la que me encontraba recostada.

Y ese bebé era sano. Era perfecto. Y yo también lo era.

Mi mundo, una vez más, se daba vuelta.

Cuatro años después de aquel día fatídico, otro médico me daba un diagnóstico  que cambiaría mi vida por completo. Esta vez  yo no iba cayendo al vacío, no necesitaba paracaídas: sin darme cuenta, sin sentirlas casi, me habían crecido un par de alas enormes para volar donde quisiera.

Lucía tiene siete meses y es la persona más feliz que conozco. Pareciera saber que su existencia es un verdadero milagro.

Despierto todos los días y me sorprende ver una cuna al lado de mi cama. Mirar adentro  y verla, sonriendo, me hace pensar que en esta vida todo es posible.

Querido cáncer, no quiero verte nunca más. Gracias por evidenciar que tengo la familia más amorosa y solidaria del mundo. Gracias por las amistades que  trajiste. Gracias por enseñarme a ser más fuerte de lo que nunca imaginé. Gracias por empujarme a pintar. Gracias por inspirarme a escribir. Gracias por todos esos abrazos extra que recibí a causa tuya. Gracias por la belleza que asomó entre tanto horror.  Gracias por abandonar mi cuerpo.

Y gracias por Lucía.