Pamar

Él no sabía que tenía nombre propio, no tenía forma de saberlo, tampoco lo llamábamos así, pero estaba ahí y su objetivo era claro había venido a molestarme a perjudicar mis días, a cambiar mi vida, pero, aunque yo no lo sabía también iba a mostrarme un camino que yo desconocía, una forma de ver que mis ojos nunca habían practicado, pero todo su esfuerzo no sería en vano algo bueno tenía que desprenderse de este intruso con nombre propio.

En esos días viajábamos los tres por la Patagonia Argentina visitando hoteles, complejos de cabañas, restaurantes, vendiendo publicidad para nuestra revista. Siempre andábamos juntos Flavia, una mujer íntegra, inteligente, asombrosamente bella por dentro, mi compañera, mi novia, casi mi sombra en estos viajes; Vito, nuestro perro-hijo, un animal único que entiende todo y alegra cada uno de mis días con su leal compañía y yo, Pablo, quien sin saberlo también llevaba a Evaristo.

Unos días antes de emprender dicho viaje visité a un otorrino por un zumbido molesto que me despertaba en las mañanas, quien antes de revisarme segundos después de entrar a su consultorio y sólo habiendo escuchado sobre el zumbido, dio dos diagnósticos al azar, -eso es una herida en el tímpano o un tumor cerebral- dijo, me sonreí cínicamente pues me pareció ridículo su discurso sin siquiera haberme revisado. Ese mismo día por la tarde comenzamos el viaje que se convertiría en uno muy especial y significativo para mí.

Pasaron días entre visitas, ventas y paseos y una de esas mañanas en El Bolsón me subí al auto mientras fumaba el primer cigarrillo del día y así, sin más aviso, sentí un mareo y la visión distorsionada, todo lo que tenía adelante se veía por duplicado, una estación de servicio eran dos, un auto eran dos y a mi lado estaba Flavia con su gemela. Cerré los ojos, respiré profundo unos minutos y todo volvió a la normalidad. Pensé que sólo era simple mareo, me habré agachado de golpe me decía a mí mismo, pero estos episodios comenzaron a repetirse día a día, cada vez más seguido. Sí, admito que soy terco y que no quería hacerme estudios porque prefería atribuirle este mal estar al tabaco, pero tampoco lo dejaba como para estar seguro.

El viaje de regreso fue muy largo pues no me percataba que cerrando un ojo el paisaje se unificaba y de esa forma podía hacer foco. Así maneje 900 km moviendo la cabeza de un lado al otro intentando mejorar mi visión, a 40 km por hora. Fueron más de 16 horas de nervios y angustia.

Estando en Comodoro Rivadavia poco a poco fui aprendiendo a “manejar” este raro síntoma, el cuál luego de investigar descubrí que se llamaba Diplopía, es decir que cada uno de mis ojos veía por su cuenta. Comencé entonces a taparme el izquierdo al principio con una curita, después con un parche casero y con el paso del tiempo visite a un hippie de feria quien me hizo un parche en cuero digno de un pirata.

Ahora sí, emparchado y habiendo pasado unos meses más para adaptarme, mi vida volvía a ser “normal”. Seguíamos viajando como si nada pasara. Cada tanto sentía un poco de presión ocular o sufría alguna jaqueca, nada que un analgésico no pudiera calmar.

Pero no iba a ser tan fácil. Una tarde en la cordillera el dolor de cabeza, la presión ocular y la diplopía se complotaron al mismo tiempo y desataron la inminente necesidad de saber de qué se trataba, ¿qué sería lo que me estaba invadiendo? Entonces llame a mi madre, a ella, una persona única, una mujer que trabajó toda su vida hasta que la discapacidad se lo permitió, una jubilada que como todos sufre quince días antes de fin de mes por la falta de recursos económicos para vivir, pero quien aun así yo sabía que, como siempre, iba a estar para mí. Conversamos un rato y le dije que ya no podía seguir de esa manera, que quería viajar a Buenos Aires a hacerme estudios, que mi situación no iba a ser sencilla si por ellos tuviera que quedarme más de un mes allí, pues no podría pagar mis gastos fijos sin trabajar. Y si, ella iba a estar, y su respuesta claramente no pudo ser más que –vení ya hijo, de alguna forma lo vamos a solucionar-. También llamé a una amiga que me ayudo a agilizar todos los estudios que eran muchos y por cierto muy costosos. Le explique mi situación y su respuesta fue parecida –vení y algo vamos a hacer- dijo ella.

Pasaron unos días y algunos preparativos. Ahora sí, otra vez en la ruta con la vista degradada, 1000 km hasta Puerto Madryn donde descansamos unas horas y partimos los 4 a Buenos Aires: Flavia, Vito, yo y Evaristo (el polizón).

Ese trayecto fue terrible, con mi ojo izquierdo no veía y con el derecho no coordinaba las distancias. El auto se rompió a tres horas de capital como pidiéndome que parara, que lo que estábamos haciendo era muy peligroso; la dirección se puso tensa por la rotura de una correa, la ruta 3 es oscura y con un tránsito pesado, pero necesitábamos llegar a destino…fue toda una travesía.

Por suerte llegamos bien. A primera hora del día siguiente me encontré con un amigo que me acercó a los médicos de una clínica especializada en oftalmología. Me vieron varios profesionales y todos estaban de acuerdo que en mis ojos no había nada malo. Entonces apareció ella, una jefa del área de neuro oftalmología y me pidió que me sentara a su lado. Fue ahí que con un profesionalismo inmejorable y las palabras justas me explico lo que era un meningioma y donde estaba ubicado el famoso Evaristo dentro de mi cabeza. Es en un lugar complicado en el seno cavernoso me dijo, y sugirió que visitara a un colega en otro hospital y allá fui.

Al llegar donde ella me había enviado, golpeo la puerta en la secretaria de neurocirugía y le cuento en breves segundos a quien me atendió de dónde venía, de parte de quién y mi posible diagnóstico. Esta persona fue muy amable al decirlo, pero el mensaje era claro, tenía que sacar turno. La sala de espera estaba repleta de gente y en ese momento se abrió otra puerta de la que salió un médico de barba preguntándome si yo era Pablo de Comodoro. Sorprendido le dije que sí. Entonces me explicó que la doctora que allí me había enviado, le había avisado que lo visitaría y sin mediar más palabras pasamos al consultorio donde con otro colega revisaron los estudios y concluyeron de inmediato. -Pablo lo que tienes es un tumor cerebral alojado en el seno cavernoso, montado entre la carótida y el nervio óptico central- parece que Evaristo era alpinista o algo así, -la lista de espera para cirugías es muy larga, tenemos más de 170 personas que requieren un turno de quirófano, pero sabemos que vos sos del interior y te podemos operar la semana que viene, el 8 de diciembre- me dijeron. Uf, día de la virgen, todos armando el árbol de navidad y yo en cirugía pensé e inmediatamente acepté la oferta. Pero las cosas se complicaron, por esos días falleció un médico en ese hospital y todas las fechas se corrieron.

En el transcurso de enero, en otra visita al consultorio, los médicos resuelven pasar mi cirugía para febrero y solicitan que por mi cuenta consiga un adhesivo tisular (pegamento para arterias), que pocos laboratorios lo hacían y que en ese momento el hospital no lo tenía disponible. Investigué, realicé varias llamadas telefónicas, consulté en farmacias, pero lo que me solicitaban sólo se conseguía por pedido y pago previo en dólares, algo imposible para mí. Así que lo llamé al médico, le conté lo que pasaba y dos días después me llamó para confirmar la fecha de cirugía y dejarme tranquilo pues ya estaba disponible el adhesivo y aprobado para su uso en mi intervención.

Enero del 2018 fue casi eterno y los 21 días de febrero mucho más, pero al fin llego el día.

El 21 de febrero fui al hospital sin miedos. Mi familia estaba en vilo, todos se sumaban a una campaña de fiel acompañamiento incondicional, el apoyo fue increíble, pero no había de que preocuparse, eso solo yo lo sabía. Estaba entero, risueño, hacia chistes con mis hermanos como si nada grave estuviera pasando, mi vieja igualmente sufría, ella no podía ocultar sus temores y eso era más que entendible ya que no hacía mucho tiempo habíamos perdido a una prima muy joven, por cierto mucho más joven que yo, una personita hermosa que batallo sin descansar hasta el final pero Braulio, como ella llamaba a su enfermedad, era más poderoso que Evaristo y ella no pudo resistirlo, todos sufrimos su partida ya que Nati era muy amada, no tenía enemigos ni maldad, ¿cómo no llorarla? Mi mamá la adoraba y esto todavía le dolía y le resonaba, por lo que no podía evitar ver lo que yo estaba viviendo con la misma lupa.

Ese 21 a la noche se acercó a mi cama una chica, Anastasia –Hola- me dijo – ¿vos sos Pablo verdad?, yo soy tu anestesista, vine a presentarme y a conocerte-, me habló durante unos minutos y me explicó los pasos a seguir antes de entrar al quirófano, cómo bañarme y qué ponerme. A ella también la sorprendía mi tranquilidad y mi humor. Se despidió cordialmente y poco después llego Flavia para acompañarme.

Seis de la mañana, una hora antes de la programada suena mi celular, era mi mama que estaba en el hospital, pero no conseguía una silla de ruedas para llegar hasta la sala donde estaba yo, recordaran que les conté que mi mamá tiene una discapacidad que le dificulta caminar. Como en la sala en la que yo estaba había una silla libre, la tome prestada y salí rápido a buscarla, pero cuando llegué a la planta baja tuve que llamarla otra vez porque no la podía encontrar, y resultó que ella ya estaba arriba con otra silla que le habían acercado, así que corriendo por los pasillos con la silla de ruedas desocupada y Flavia a mi lado subo al ascensor y una voz femenina se escucha … -¡¡¡Pablo!!!, ¿qué haces acá?- Uy Anastasia …mi anestesista me había sorprendido infraganti. –Andá a bañarte que entras a quirófano en minutos- me dijo y entre risas picarescas le explique porque paseaba por el hospital.

Ya en la camilla rumbo a cirugía me saludaron amigos y familia y yo pasaba como por el Colón después de un show, sonriendo y tratando de que todos esperen con calma.

Más de seis horas duro la operación y cuando me desperté lo primero que oí fueron las palabras del médico diciendo eso que nadie quería escuchar -Pablo NO pudimos extirpar el tumor-, no me afligí, me dormí nuevamente supongo y volví a despertar a las horas con caricias en ambas manos, de un lado mamá y del otro mi tía Moni, quien un mes después recibiera el mismo diagnostico con un polizón fuerte que le ganó la batalla y hoy ya no está con nosotros… ¡¡que tía!!

Estando en terapia intensiva quería que me saquen las zondas, quería levantarme e ir al baño caminando, así que tuvieron que dormirme otras tantas horas porque me sentía demasiado bien y eso todavía estaba mal.

Sólo un día paso hasta que me llevaron a sala y tres días después Evaristo y yo nos volvimos a casa.

Habían pasado quince días y solo quedaban algunos más para sacar los puntos, cuando una infección se hizo cargo de todo (óseo encéfalo raquídea), la plaqueta de cráneo que cortaron en la intervención para visitar a Evaristo y el líquido raquídeo estaban pudriéndose dentro mío. Entré de urgencia al quirófano. Los glóbulos blancos estaban de vacaciones y el diagnostico no era bueno. Me realizaron una cirugía con un nombre gracioso: toilette y después de dos horas me mandaron a la sala dejándome en claro que tendría que quedarme muchos días internado hasta eliminar la infección. Y así fue, tuvieron que pasar 20 días para que me mandaran a casa con Evaristo y un hueco en la cabeza.

Antes de irme le pregunte al médico, con quien obviamente después de 7 meses de hospital la charla era fluida, -¿doc. cómo sigue esto? – Pablo… morir nos vamos a morir todos, pero a vos te puede tocar antes y en ese camino vas a perder la vista- me respondió… ok!!!

Tenía que seguir con antibióticos durante 60 días más, pero a pesar de todo lo que pasaba y lo que no, lo único que quería era volver al sur.

Cuando mi cabeza termino de desinflamarse lo bueno era que ya no veía doble, así que nos subimos los cuatro al auto y volvimos a la Patagonia. El pronóstico era malo, pero nunca le dimos poder, Evaristo seguía ahí pero no me importaba había que vivir y eso pensaba hacer.

Cuando llegue a Rada Tilly, donde vivo, ya era junio. Tenía que esperar para hacer una tomografía después de tres meses de la primera intervención, así que la hice y la envíe vía mail al hospital. Durante días intenté comunicarme con los médicos para saber si Evaristo crecía o no, pero por un motivo u otro los resultados nunca estaban y la espera se hacía interminable.

El de 14 de junio, día que empezaba el mundial de Rusia, recibo una llamada de mi hijo mayor. No les conté, pero yo tengo tres hijos, Gonzalo el más grande, es soldado de la fuerza aérea, un hombre ejemplo para muchos, un ser impecable; Rocío es la más chica, ella me adora, nadie me quiere tanto, y Chiara, la del medio, ella también me adora, pero no se lo cuenta a nadie. A ellos no los veía hacía más de un año, algo que por cierto entristecía mis días. Gonzalo en su llamado me pregunta que tenía planeado para esa noche porque me había sacado el pasaje para viajar a verlos. ¡¡Imagínense mi alegría!! aunque las noticias que llevaba eran las peores, yo los extrañaba demasiado y nada más me importaba.

Preparé el bolso y llamé al hospital tratando una vez más de saber los resultados de esos estudios de control. Por fin pude comunicarme con los médicos que, al atender con vos de sorpresa me dicen – ¿te acordás que te dijimos que tu caso era raro?, ¿que la ubicación de tu tumor era anatómicamente muy difícil de tocar? – si doctor me acuerdo, contesté, -bueno- siguieron explicándome -ahora lo tuyo es más raro que antes Pablo, ¡¡¡tu tumor NO está, se desvaneció, estas sano!!!… Si obvio, lloré como nunca, los dos lloramos, Flavia y yo. Sólo los dos porque él ya no estaba, Evaristo se había ido porque nadie lo invitó…

Sólo quedaba vivir, ni más ni menos. Y viajé feliz con esa noticia a ver a mis hijos.

A mi regreso empecé los trámites para la prótesis, más o menos en agosto. Y el 3 de diciembre por última vez entre al quirófano.

Hoy 3 de enero de 2019 escribo mi historia, mi biografía de los últimos 3 y más difíciles años de mis 44 de vida. Pero este no es el final de la historia, es el principio. Ustedes se preguntarán por qué, y resulta que el 31 de diciembre del 2018 publiqué un post en Facebook con mi fin de año, como hace mucha gente, donde hice un resumen de lo vivido, pero ese mensaje dio la vuelta al mundo y recibí miles de agradecimientos de personas que están padeciendo distintas enfermedades y están débiles de cuerpo y alma, y otros que se quejaban por tonteras y reflexionaron después de leerme, gente que me felicitó por mi voluntad y por mis fuerzas, pero lo que ellos no saben es que gracias a sus respuestas yo entendí mi propio mensaje, y resolví un gran misterio que me preocupaba hace muchísimos años, ¿cuál era mi rol en esta vida?.

Le quiero a contar mi experiencia a todo aquel que necesite aliento, a todo aquel que no pueda echar a su Evaristo… a quien quiera oírme o leerme, porque yo también lo viví…

¡Chau Evaristo!

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