Lucerito

Veintitrés años pasaron.

Te miro y te admiro. Te miro y te amo. Te miro y recuerdo…

Vos, hija única y de madre única. Quiero decir con esto que en nuestra casa, por ese entonces, no había papá.

Una mamá que a veces hacía de papá. Una mamá que te cuidaba, que te consolaba en esos momentos tristes de tu pequeña vida, relacionados a la falta de figura paterna. Una mamá que trabajaba siete horas fuera de casa y que veinticuatro horas cada día trabajaba de mamá. A veces de plomero, cuando en casa alguna canilla perdía y había que cambiar el cuerito, a veces de electricista cambiando lámparas o revisando enchufes. En fin, una mamá múltiple función que, si los recuerdos no se visten de subjetividad, vos admirabas tanto como compadecías.

Tan así que, una mañana de frío invierno y mucha nieve, mientras esperabas sentadita en la escalera que tu “mamá múltiple función” entrara de palear la nieve, para poder salir luego rumbo a tu escuela y su trabajo, pensaste que la solución sería “tener un marido”

De hecho fue lo que expresaste cuando tu mami entró luego de su ardua tarea de quitar la nieve del camino y del auto.

-Mamá, nos hace falta un marido.

Es lo que, literalmente,  dijiste.

Y así transcurría tu infancia, y así la juventud de tu mamá, que por ese entonces y durante estos aconteceres tenía 38 años.

¡Treinta y ocho años! Maravillosa edad para disfrutar cada día sin temores, sin  la preocupación de pensar la vida en términos de muerte, de límite, de “podría acabarse mañana y vos tan pequeña”

Pero un día, siempre hay uno, se aprende que la vida es una sucesión de hechos fortuitos y desafortunados. Qué serán mejores o peores de acuerdo a como cada quien gestione esos momentos. De acuerdo a como se capitalice lo negativo y se le encuentre el costado positivo…de acuerdo a como cada quien quiera, o no, regodearse en su dolor o salir de él.

Y en casa nos pasó. Nos pasó que llegó el momento negro y desolador. Nos pasó que luego de un chequeo anual de rutina, la ginecóloga le dijo a tu mamá, luego de ver su mamografía, que debería hacerse una biopsia. Que algo no estaba bien…

Entonces…

Tu mamá dijo que bueno, que la hicieran en ese momento, que luego ella tenía previsto un viaje a Londres.

Y

Contundente, la doctora dijo:

-No. La vas a hacer cuando regreses de Europa. Si te digo que hay que hacer una biopsia, es porque creo que luego habrá que operar. Esto es muy incipiente, 3 meses más no van a cambiar el diagnóstico.

Luego

La palabra, maldita palabra en ese entonces, comenzó a flotar en el aire.  Se colaba por las noches, en los pensamientos y por las mañanas, y prácticamente las veinticuatro horas del día. Y el temor de dejar de estar, de no saber qué pasaría contigo, tan chiquita. Y la soledad de familia en nuestra querida Ushuaia, y el temor a lo desconocido, y la falta de dinero…

Es esta angustia que se siente ahora ante el recuerdo de ese tiempo tan duro, tan difícil, tan vertiginoso y a la vez interminable…que no angustia del presente ni del futuro.

Y fue el viaje.

Vos te quedaste con tus abuelos, mami se fue a Londres.

Fue un viaje impensado. Surgió de pronto porque la amiga Cecilia estaba viviendo en esa ciudad que no era prioritaria en los sueños viajeros de tu mamá…

Pero

Eso no viene a cuento ahora, vayamos al grano.

Aun en Londres, o a pesar de ello, la palabrita impronunciable seguía rondando.

Las imágenes no lograban armarse y se desarmaban ante lo desconocido. El temor se hacía palabras y las palabras decían, en caminatas con Cecilia, oreja gracias al azar de la vida, que tu mamá no quería que le cortaran una teta, que esperaba que eso no pasara, pero que si de eso dependía tu vida…que eras muy pequeña, que adónde irías…Que los abuelos vivían en Corrientes y que ella quería que te criaras en tu lugar: Ushuaia…

Que cómo sería ir por la vida con una cicatriz y sin una teta…Eso y mucho más decían los pensamientos de tu mamá convertidos en palabras grotescas a veces, angustiantes por lo general, que quedaban flotando en los atardeceres londinenses y en los compasivos oídos de Cecilia, quien buscaba expresiones alentadoras y justas para la ocasión.

La incertidumbre era un monstruo gigante y feroz que atacaba permanentemente, que apenas si daba tregua para permitir algunos momentos de disfrute, que se colaba por los poros, por la garganta, el estómago y las fosas nasales.

Luego

Como es sabido, todo pasa y pasó el tiempo de vacaciones.

El reencuentro con vos en Buenos Aires, el regreso a Ushuaia y…

La Biopsia

Quirófano por vez primera en la vida, mucha tranquilidad, total confianza en el equipo médico del por entonces “hospitalito público de Ushuaia” y ansiedad por que todo pase y tener al fin el resultado es, me parece, un buen resumen de la situación.

Resultado del cual dependería el futuro accionar de tu mamá, resultado que ya no importaba fuera negativo o positivo para la enfermedad.

Lo primordial era derrotar al monstruo de la incertidumbre. Luego, accionar en consecuencia.

Siempre es mejor saber y tener así la posibilidad de “tomar el toro por las astas”. Esa era la premisa.

Y fue nomás.

Los sentimientos se mezclaron, se entrecruzaron, se hicieron confusión de ideas y, en ocasiones, no permitieron la claridad de acciones necesarias ante tamaña noticia.

A veces culpa… ¿De qué? No sé, pero a veces culpa. El sentimiento era de culpa y, más extraño aún,  a veces vergüenza.

Angustia, lógica ante lo desconocido, necesidad de logística para pasar los días de internación….Agotador, desgastante, desolador…

Y

Allí la comunidad poniendo lo suyo. La comunidad también asustada ante lo desconocido, la comunidad generosa de docentes y no docentes de cada una de las escuelas públicas y Jardines de Infantes de Ushuaia, como así también niños y niñas de un sexto grado, juntaron dinero para ayudar a tu madre.

El impacto fue fuerte, fue una sensación de incredulidad, de “no puede ser”. Es que siempre tu mamá estuvo tan sana…

Es eso exactamente lo que decían

-¿Cómo puede ser si la acabo de ver y está tan sana?

Entonces

Llegó el tiempo de decirte con todas las letras de qué se trataba la enfermedad de tu madre.

Siete años tenías. Y tu mamá te lo dijo sin vueltas.

CÁNCER. Esa era la palabra maldita y con tan mala prensa.

-La biopsia dio que tengo cáncer.

Lloraste, sin consuelo, te angustiaste,  dijiste

-Mamá te vas a morir

Y tu mamá hizo lo mejor que supo, lo mejor que pudo y lo que la sostuvo y te sostuvo: te prometió que no, QUE NO SE IBA A MORIR.

Seguiste llorando, moqueando, ojos inflamados y rojos, suspiros casi hasta el ahogo y contestaste

-No me mientas, porque la gente se muere, vos no podés decir que no te vas a morir.

-Claro que no hiji. No te estoy diciendo que no me voy a morir. Tal vez suba a un avión se estrelle y me muera, tal vez me pise un coche y me muera, tal vez…Lo que te estoy prometiendo es que  DE CÁNCER NO ME VOY A MORIR.

Luego

Fijar fechas de operación, ir a sesiones de psicología, pagadas gracias a la contribución del personal de las escuelas y jardines de infantes, como ya dije.

Aprender sobre la enfermedad, hacerse más fuerte y creer el cuento de que el cáncer con ella no podría.

Sostener a quienes, intentando poner una palabra esperanzadora, no podían evitar las lágrimas, contenerte a vos que confiabas tanto en ella y por eso nomás supiste que tu mamá no moriría en esa ocasión.

Pero…

A pesar de todo, aun de su fuerte voluntad para transitar el mal rato, tu mamá tomó algunas precauciones “por si acaso”

Buscó con quién dejarte si algo no salía bien. Firmaron papeles ante escribano público  y todo siguió su curso.

Viajó para cuidarte la abuela postiza, la abuela elegida, no biológica, a quedarse con vos en tanto tu madre estuviera internada.

La abuela Kitty que lloraba por los rincones, y tu mamá seguía siendo “la más fuerte”, la que sostenía, la que cuidaba…hasta la hora en que ustedes dormían y entonces soltaba el llanto.

Y cumplí la promesa…

Por lo menos hasta ahora que te estoy escribiendo.

Por lo menos hasta ahora que ya no me importaría morir, llegado el caso, porque te convertiste en esta maravillosa mujer que sos.

Yo de cáncer no voy a morir porque hacen veintitrés años que rigurosamente me controlo tal y como me dicen lo médicos y, desde que llegó a Ushuaia, mi oncóloga devenida amiga luego de tantos años que transitamos juntas este camino de la salud surgido desde la enfermedad.

Y, ya sabés, pasé por otro cuando tenías doce años, pero para entonces ya sabíamos de qué se trataba, estábamos más seguras de nosotras aunque, tal vez, para vos haya sido más difícil de transitar dada tu incipiente adolescencia.

Y esa vez fue de útero…y no fue fácil, pero al menos el acercamiento era otro y ya podíamos decir CÁNCER  sin temor y como decimos gripe o sarampión.

Pero…

El temor que me aqueja, por eso te escribo, es que a vos te pase lo mismo.

Porque vos no te hacés los controles como debieras dados los antecedentes, porque vos te comés la vida y ni se te ocurre pensar en que la vida te pueda comer a vos.

No quiero ser una mamá “hinchapelotas”, quiero solamente que tomes conciencia del camino que nos toca transitar a ambas y, aunque lamentemos que así sea, es lo que hay. No es dramático ni complejo hacerse un control anual. TAMPOCO ES LA CERTEZA DE NO TENER LA ENFERMEDAD, pero sí es la posibilidad de no morir por ella.

Decir CÁNCER no es mala palabra, ya lo sabemos, pero también sabemos que la prevención es básica para poder contar luego el cuento como yo lo acabo de hacer.

Te amo y no olvido que fuiste el pilar fundamental en mi recuperación.

Mami