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Hay instantes que cambian para siempre la vida de una persona. El 6 de julio de 2017, Paola comenzó a sacudirse en medio de un torbellino que la llevaría a descubrir su proyecto más importante.

Como muchas otras mañanas se levantó antes que nadie en su familia. Se abrigó un poco y bajó a preparar el desayuno. Mientras el pan se tostaba volvió a sentir un cansancio que la acompañaba desde hacía algún tiempo; ahora junto a una incómoda congestión. No le daba tanta importancia, había comenzado a correr en la cinta del gimnasio desafiando los 5 cigarrillos que fumaba por día y se sentía plena porque el aire le sobraba. Hasta se aventuraba a pensar en una próxima maratón de 5 km.

Mate cocido, café, pan, manteca, miel y mermelada; mochilas, camperas, viandas y los chicos a la escuela. La esperaba una reunión con un cliente y el resto del día en su agencia de comunicaciones. Rutina. Aquel día, a contramano de su modo habitual, decidió ir a una guardia médica para ver el porqué de esa congestión. Espera de rigor, pantalla eléctrica con el número de los turnos, revisación básica y orden para una placa de tórax. “Los pulmones los escucho limpios, pero para quedarnos tranquilas”, dijo la médica.

La radiografía reveló múltiples manchas en ambos pulmones. “Parecen pines, pero aburridos, sin dibujos ni estampas de rock o fútbol”, pensó Paola sentada en la guardia a la espera de la nueva consulta. De algún modo, su mente jugaba; su corazón le murmuró que algo insospechado podía estar pasando.

La puerta del consultorio se abrió y escuchó su nombre. La mano, algo tensa, entregó la radiografía a la doctora que en un gesto mecánico la extendió hacia la lámpara del techo. Abrió los ojos tan redondos como las manchas.

  • ¿Tenés prótesis mamarias?
  • No, para nada. ¿Qué pasa?

Salió al pasillo y regresó con dos colegas; miraron, señalaron los círculos y cuchichearon.

  • Tenés que hacerte una tomografía ahora para ver qué son estas manchas.

Un largo pasillo hasta el cartel “Tomografía-Resonancia”. La imagen de la cara preocupada de la doctora y el “dejá de fumar, mamá” retumbaban a cada paso.

  • Vení a la guardia, algo no anda bien, me están haciendo estudios por unas manchas en los pulmones – alcanzó a decirle a su marido por teléfono.

Dos técnicos de cara seria la estaban esperando. “Mal indicio”, pensó Paola. Se sucedieron preguntas sobre enfermedades en la familia, antecedentes oncológicos, tabaquismo. “No, soy sana, nunca me operaron. Sólo mi abuela tuvo cáncer de mama pero se curó, se murió de viejita a los 90. Nadie con diabetes ni con hipertensión. ¿No será tuberculosis?”. La rueda de la fortuna había empezado a girar y no había celdas con premio. Eso intuía Paola. Apenas media hora después, el estudio confirmó que esos redondeles brillantes eran nódulos bipulmonares y exigían la urgente visita a un especialista.

  • Kari, ¿conocés un neumonólogo para recomendarme? – fue el pedido de auxilio de Paola hacia su amiga de toda la vida que tenía cáncer de pulmón.

Foto del resultado por whastapp, un llamado a la oncóloga y un veredicto inapelable: “mañana a las 9 te espera el cirujano torácico”. ¿Quirófano? ¿Cirujano qué? La palabra “cáncer” sobrevolaba amenazante. Pero nadie se atrevía a pronunciarla.

A la mañana siguiente, sin tostadas ni café previos, visitaron al médico que en medio de indefiniciones indicó un estudio PET para ver la situación en todo el cuerpo.

-¿Puede ser cáncer?- se atrevió a preguntar ella aferrada a la mano de su marido.

– Los diagnósticos son muchos. Sin los resultados del PET no podemos saber.

Palabras y hechos potentes se filtraron de inmediato y sin pedir permiso en un cuerpo que ella había procurado preservar toda su vida de medicamentos y controles médicos en exceso. Exploración por tomografía por emisión de positrones o PET era el nuevo lenguaje que llegaba a la vida de Paola. Medicina nuclear, iodo radioactivo, radiofármaco y fluorodesoxiglucosa para mirar en su interior e indagar en sus entrañas.

Todo giraba irreal, ajeno. El resultado del PET dictaminó “múltiples opacidades nodulares pulmonares bilaterales, una de las cuales que es la de mayor tamaño, presenta leve incremento metabólico”. El tumor brillaba estimulado por la glucosa y esa reacción molecular confirmaba que algo no estaba bien. También había una buena noticia: en todo el cuerpo sólo ese se iluminaba.

El 20 de julio, apenas dos semanas después de la ¿fortuita? visita a la guardia, Paola entró al quirófano para la extirpación del nódulo luminoso del pulmón izquierdo. El bisturí se llevó un trozo de tejido y dejó a cambio una herida de varios centímetros y una ansiedad infinita. Era extraño. El devenir aparecía amenazante pero Paola se sentía saludable: a la semana siguiente vuelta al trabajo, a la rutina familiar y a dominar la mente y el espíritu a la espera de los resultados de la biopsia.

Pasó una semana, una segunda y hacia el fin de la tercera un llamado del cirujano armó el encuentro para la mañana siguiente. Otra vez sin café ni tostadas previas. Otra vez aferrada a la mano de su marido.

  • Es un tumor maligno, Paola.

Aquellas palabras, las imposibles, y la sensación de ahogarse, ahí mismo. Los pulmones estaban otra vez, como en el quirófano, vacíos de aire, chatos, oprimidos. Asfixia. Las paredes del estrecho consultorio de hospital cada vez más próximas. El rostro apenado del cirujano. Hundirse en un ahogo cada vez más profundo.

  • ¿Es cáncer de pulmón?
  • Se llama sarcoma del estroma endometrial, es un tipo de cáncer ginecológico muy infrecuente. En tu caso se extendió a los pulmones, está muy avanzado.

Un nuevo pasillo, no tan largo, pero sí con recodos. “Oncología” en el cartel; la doctora esperando en el consultorio 3. Paola recuperó su voz.

  • De cáncer no me muero – fue la primera frase que le dijo a su oncóloga y el mantra que repitió cada vez que alguien la miraba con preocupación o que su fortaleza flaqueaba.

Cáncer grado IV, nombres de fármacos de quimioterapia, armado de cronograma de sesiones, carnet, preguntas sobre síntomas. Un sinfín de palabras que Paola no lograba asociar a su vida.

Llegaba el momento de dar la noticia a la familia. En el camino de regreso a su casa, llamó a su madre y a su padre, separados desde hacía tiempo, y los citó a las 3 de la tarde en un bar del barrio. Llamó a su hermana y la convocó para las 6.

  • Tres cortados – arrancó Paola intentando que su cara no delatara miedo.
  • Me dieron el resultado de la biopsia. Tengo cáncer.

Dos manos se extendieron y tomaron las de Paola. Silencio profundo lleno de amor, de dolor, de miedo.

  • De cáncer no me muero.
  • Estamos a tu lado, hija.
  • Te quiero tanto.
  • Yo también. No llores, voy a salir adelante. No le digan a los chicos. Se lo vamos a contar el domingo.

La hora de salida del colegio de la hija más pequeña apuró el momento y Paola dejó el bar sin mirar atrás. Al atardecer llegó el abrazo de su hermana que, en un instante, acortó las distancias sin motivo, y los 10 años de diferencia de edad.

El domingo amaneció soleado y en apariencia igual a tantos otros. Café, tostadas, manteca, miel y mermelada; los diarios sobre la mesa. Pasó la mañana. ¿Cómo encontrar el mejor momento para dar la noticia a los hijos? El almuerzo con pasta a la boloñesa y, en la sobremesa, se impuso la razón.

  • Les queremos contar algo. Puede sonar difícil, pero vamos a salir adelante – dijo su esposo.
  • Tengo cáncer, chicos. Me siento bien pero me hicieron unos estudios y salió eso.

Silencio y llantos. Sollozos y abrazos.

  • ¿Te vas a morir?
  • No se asusten. Voy a hacer un tratamiento que se llama quimioterapia para matar a las células malas. Se me puede caer todo el pelo de la cabeza, de las cejas, de las pestañas.
  • Va a ser raro verte así -dijo uno de sus hijos.
  • Sí, es verdad. Pienso ponerme peluca o pañuelos como los que me gusta usar en la playa cuando estamos de vacaciones.
  • Dale, má! Yo te acompaño a comprarlos. Tenés que tener tres: uno animal print, uno negro y otro con lentejuelas para la fiesta de fin de año- intercedió la hija.

Más allá de los miedos, sus hijos y sus afectos iban a transitar la enfermedad como ella decidiera vivirla. Como en la colección Elige tu propia aventura que había leído una y otra vez en su infancia, Paola posicionó la enfermedad como una oportunidad.

El invierno dejó paso a la primavera en medio de trámites en la obra social y encuentros con los afectos más cercanos que traían abrigo en medio de la incertidumbre y el temor. El tratamiento se inició con tres sesiones de quimioterapia cada 20 días y una tomografía al fin de ciclo para evaluar la respuesta.

Pero el torbellino se convirtió en ciclón: en lugar de acallarse, el cáncer desplegaba su fuerza y los tumores crecían.

  • Es un tumor muy agresivo, queda poco por hacer – lanzó el especialista en gineco-oncología.

¿Cómo “agresivo” si ella se sentía bien y ningún síntoma revelaba semejante hecatombe? Opresión en el pecho, mareos, ahogos. Paola se sentía perdedora en un campo de batalla demasiado cruento. Las letras de cáncer formaban CERCAN; un anagrama maldito. Ese día lloró mucho y al siguiente menos. Corriendo esas lágrimas para que no mojaran su nuevo cuaderno rojo se atrevió a preguntarse “¿para qué?, ¿para qué aquí y ahora?”. Su identidad no pasaría nunca por el cáncer ni por la culpa, el cuestionamiento severo, el castigo diario del “por qué a mí”.

  • Vamos a probar con una terapia hormonal; este tipo de sarcoma suele responder bien cuando no funciona la quimio – ensayó la oncóloga.

Abrazada por los afectos, Paola descubrió que NACER también era anagrama de cáncer. Al igual que el PET pero con sobredosis de amor radiactivo, miró hacia adentro hasta llegar a esa niña vulnerable que la llamaba para recomenzar el camino. Listó deseos postergados, cuentas pendientes y escribió proyectos cercanos y distantes. Taller de arte. Viajar mucho. Ir los 5 a Europa. Armar el altar para meditar. Quitarme el enojo. Cultivar la paciencia. Bañarme en el mar Caribe. Dar más y más amor. Agradecer. Pintar el mural en el jardín. Volver a terapia. Comer más sano. Alcalinizar el cuerpo. Activar las semillas. Practicar yoga. Aferrarse a la vida. Vibrar en sintonía con mi alma.

La correntada trajo consigo amigos con amor renovado y reconciliaciones familiares, acercó afectos distanciados, redefinió rutinas, hizo florecer vínculos y sanó otros, y estableció prioridades. En ese devenir que ella se afanaba por convertir en porvenir, Paola nutrió el camino de espíritu. ¿Hay un eslabón entre las células y el alma? ¿Cuál es mi misión en esta vida? ¿Qué me ocurrió en tiempos ancestrales? Se entregó al fluir en una nueva ráfaga para activar su alma. Antroposofía, imposición de manos en una parroquia del norte del Gran Buenos Aires, biodecodificación para entender las huellas de la historia familiar más remota y más cercana, yoga y meditación, cadenas de abundancia, un retiro reiki en las sierras de Córdoba junto a dos estrenadas amigas del alma, baños sonoros y expansivos de gong.

De aquel nuevo maremágnum tomó aquello que la hacía vibrar profundamente. Una combinación de energía esencial y un comprimido diario de hormonas lograron poner los tumores a raya. “Soy mi proyecto más importante”, garabateó en el cuaderno de tapas rojas. Se propuso ser una mejor persona en el resto del camino. No por el cáncer sino por ella.

Hola, niña, volví.

Y allí se la puede encontrar a Paola desde entonces.

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